Apadrinadores

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En estos días los políticos y funcionarios públicos apadrinan a diestra y siniestra a generaciones de egresados de primaria, secundaria y hasta de la guardería si es necesario.

Supongo que se trata de una apuesta al futuro: de invertir en los próximos ciudadanos-electores, para ir forjando un capital político o cuando menos de ir dejando la percepción de que son dadivosos y desprendidos. El imaginario colectivo hará lo suyo.

El arriba firmante fue hace unos cuantos lustros parte de una comisión de ingenuos estudiantes de secundaria que acudió hasta la oficina del entonces presidente municipal para pedirle que apadrinara a la generación de escolapios a punto de dejar las aulas —y ya sabes: abrir sus alas, cumplir sus sueños, lograr sus metas, y toda esa monserga propia de las ceremonias de clausura del ciclo escolar—. Aquel alcalde nos dejó en la antesala un rato, nos recibió con el boato correspondiente, escuchó a la comisión menos de cinco minutos, y salimos de su oscura oficina —he estado en ese lugar otras veces y sigue siendo oscura— apadrinados. Y con la promesa de que nos mandaría un grupo musical para el correspondiente bailongo, que era lo que realmente nos interesaba.

Por razones que no viene al caso comentar, he coincidido en varias ocasiones con ese alcalde. Alguna vez le dije que había sido padrino de mi generación de la secundaria. Él no recordaba ni remotamente el asunto.

Así que cuando los veo presumir sus fotos del padrinazgo, estoy cierto de que al día siguiente no recuerdan ni de qué escuela se trataba y menos qué dieron a cambio de tan alto honor. Es un trámite más y tán, tán.

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