La tragicomedia de la corrupción

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En México la corrupción se castiga poco y mal. En cualquiera de sus denominaciones. Y especialmente cuando se trata de altos funcionarios públicos.

Ahí está el ejemplo de Javier Duarte, el exgobernador de Veracruz para confirmarlo. Hace ya seis meses que está en México, acusado de desvío de recursos públicos, pero sólo por 233 millones de pesos de los 60 mil millones de pesos que la Auditoría Superior de la Federación asegura que malversó durante su administración.

Pero aquí cerquita, apenas hace dos semanas se dictó un auto de libertad en favor del expresidente municipal de Naucalpan, David Sánchez Guevara, acusado de peculado en agravio de la administración pública. Fueron suficientes la reparación del daño por 5 millones 824 mil pesos y una fianza por 200 mil, para que el expresidente municipal y exdiputado federal quedara en libertad esta semana.

El arriba firmante supone que el priista Sánchez Guevara debe haber sido un hombre ahorrador durante su paso por la administración pública, porque reunir casi 6 millones de pesos no debe ser cosa sencilla para un exfuncionario público que ha estado en la cárcel dos años y medio —por cierto, que yo sepa no lo expulsaron de su partido, el PRI—.

Acusado en tres casos de desvío de recursos que sumaban 15 millones de pesos, David Sánchez Guevara ha salido del penal de Tepachico por la puerta grande. Ya libre, seguro se dedicará a disfrutar del resto de sus ahorros.

Porque a pesar de haber desviado recursos —y colocar a Naucalpan como uno de los municipios más inseguros y destrozados del estado—, malgastado el erario público, utilizado para provecho personal la administración municipal, su castigo ha sido tragicómico. Porque en México la corrupción se castiga poco y mal…

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