Abrirse a la plebe

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Una de las citas citables más citadas de Jesús Reyes Heroles dice: el que resiste, apoya.

Lo que sigue a continuación no tiene nada que ver con esa cita citable, pero al arriba firmante se le antojó iniciar con una cita de un político que sabía para que es la política y qué es hacer política. Porque de eso se trata lo que sigue: no de la grilla rupestre y cavernaria, sino de la polis, de la ciudad y sus ciudadanos.

Esto tampoco se trata del ejercicio de las facultades de autoridad del Estado mexicano, sino de la forma en la que se involucra a la población en los asuntos que deben ser de su interés. No del porrazo que lanzan oscuros personajes para sentir que son “dueños y señores”, sino del espacio abierto y accesible en donde en igualdad de condiciones los ciudadanos eran capaces de rivalizar mediante la palabra, en un diálogo entre pares —aunque con ciertos límites.

Se trata de la política que convence mediante actitudes probas, éticas y con objetivos claros y útiles. O que está abierta a dejarse convencer si los argumentos son sólidos y convincentes.

Cualquiera sabe que hoy en día la justicia y la seguridad son uno de los grandes pendientes del Estado mexicano. Recobrar la confianza es uno de los elementos fundamentales para recortar el tramo pendiente entre la expectiva social y la acción gubernamental.

Esta semana, el Tribunal Superior de Justicia estatal, que encabeza Ricardo Sodi, anunció una serie de acciones para celebrar el bicentenario del Poder Judicial mexiquense. Una de ellas, poner en marcha un museo y organizar actividades que hagan del edificio que alberga el Poder Judicial estatal un escenario de convivencia social, en el que la gente se apropie del espacio y lo viva… que acabe con la idea de que un espacio que debería ser público es tan inaccesible como el lenguaje de los abogados.

El proyecto abona a la recuperación de la confianza. A recobrar la relación entre jueces, magistrados y ciudadanos. Abrir las puertas a la sociedad, como punto de partida para que los cauces institucionales dejen de verse como ajenos, lejanos, indiferentes, insensibles y desdeñosos. En cambio, se perciban cercanos y accesibles.

Pensar, por ejemplo, en que la gente entre “como Pedro por su casa” a admirar los murales contenidos en el palacio del Poder Judicial o para observar dónde despacha el presidente del Tribunal Superior de Justicia o dónde sesiona el Consejo de la Judicatura, es comenzar a recobrar una relación libre, igualitaria y accesible.

Tener una explicación sencilla —sin ínfulas— del significado de la toga o el mazo, acerca la cultura judicial al público. Vuelve propio algo que hoy se siente extraño. Rasga el hermetismo y torpedea ídolos de pies de barro con obras de teatro, conversatorios o conferencias hechas para el pueblo llano.

Si así es y así será, enhorabuena. El resto de los poderes tendrían que dejar el pedestal. Mostrar a la plebe la riqueza cultural que albergan en sus edificios, con orden y armonía; asequibles y humanos.

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