Carrancear

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Estimados cuatro lectores, dos puntos. ¿Conocen el verbo “carrancear”?

Cuando el arriba firmante cursaba sus estudios básicos, en la egregia primaria Coronel Filiberto Gómez, ubicada en la cabecera municipal de mi natal Jocotitlán, los estudiantes nos “carranceábamos” los unos a los otros: los lápices, los colores, los bicolores, eventualmente gomas o sacapuntas. 

La técnica más pulida para “carrancear” era espiar a la víctima, esperar al momento en que estaba concentrada en escribir, colorear, subrayar o borrar, mientras de manera simultánea se comprobaba estar fuera del campo de visión de la maestra o maestro; con un movimiento rápido de mano se arrebataba la herramienta de escritura a “carrancear” que así pasaba a ser una posesión del “carranceador”.

Casi siempre se trataba de una posesión efímera —véase que el arriba firmante usa la palabra posesión y no propiedad— que al final del día terminaba en manos de su propietario o de otro temporal posesionario. Ya saben: ladrón que roba a ladrón…

Porque el verbo “carrancear” se acuñó en la época de la Revolución Mexicana. Está asociado al Ejército Constitucionalista que encabezó Venustiano Carranza. En el Diccionario de Mexicanismos se le define simplemente como robar. En el Diccionario de Americanismos se le define como un mexicanismo: Rapiñar, robar en grandes proporciones, “generalmente abusando de un rango de poder”.

La facción revolucionaria que ganó el poder desde 1914, el constitucionalismo carrancista, que se mantuvo en el gobierno durante décadas, creó una palabra a partir del apellido de su líder y la convirtió en sinónimo de robar. Porque “carrancear” fue el verbo para aludir a los integrantes de los gobiernos revolucionarios que robaban de manera descarada la lana, los objetos de casas y oficinas y hasta los inmuebles que les parecían apetitosos.

El carrancismo murió con su líder. Pero sus herederos no. Algunos de ellos, revolucionarios, se quedaron con “la costumbre”. Y la legaron a los “cachorros de la Revolución”, aunque no se pueda generalizar.

En estos días me he acordado mucho del primer cachorro de la Revolución. El primer civil que fue presidente después de una serie de generales que ocuparon la primera magistratura del país: Miguel Alemán,

La familia del cachorro no se dedicó por completo a la política sino esencialmente a los negocios. Muchos negocios en muchos sectores.

Están en la aviación, donde su empresa, Interjet, anda volando bajo. Nacida como una línea de bajo costo, tuvo su primera sede en el aeropuerto de Toluca —hoy casi desierto—. Fue un negocio boyante. Pero los expertos dicen que atraviesa una crisis porque el modelo de negocio familiar nunca pasó a ser realmente un corporativo empresarial. Y que parece que se enfila a la quiebra, sin que nadie “les eche un lazo”: ni el gobierno, que de rescates no quiera saber nada —no a socializar pérdidas y privatizar ganancias—; ni sus posibles socios, que como Carlos Cabal Peniche han preferido retirar su dinero antes de perderlo.

Los que parece que esta vez podrían ser víctimas del “carrancismo” son los trabajadores y los usuarios. Pero no se trata de un lápiz o un bicolor, como en la primaria.

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