El agua y el aceite

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Desde finales del siglo pasado las ideologías se han ido diluyendo poquito a poco.

Hoy cualquier político profesional que se precie de serlo asegura que los ciudadanos votan por las personas, no por los partidos. Los analistas de la vida política los secundan. Los “think tanks” de esta columna —que curiosamente han reaparecido, seguro que por los tiempos electorales— están de acuerdo.

Y ya se convirtió en una verdad generalmente aceptada —hasta podría decirse que un lugar común—: los ciudadanos votan por las personas, no por la estructura sólida y monolítica de un partido.

También se convirtió en un lugar común decir que “todos los políticos son iguales”. Es decir, que no importa de qué organización partidistas provengan, se comportamiento será semejante. Lo que confirma que las ideologías se han difuminando y hasta confundiendo en los tiempos recientes.

La estructuras políticas fijas e inconmovibles han dado lugar a un revoltijo de muy padre y señor mío. El filósofo polaco Zygmunt Bauman decía que se trata de “tiempos líquidos”. En el caso de los políticos, hoy aquí y mañana allá. Camaleónicos son capaces de cambiar de color siempre y cuando estén de por medio una candidatura o la promesa de la posibilidad de acceder a un cargo de elección popular.

Se mezcla el agua y el aceite con suma facilidad.

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Los políticos profesionales son los primeros beneficiados de este escenario “líquido”. Saben que los votantes definen su posición en la boleta electoral por sus emociones del momento, mucho más que por una posición ideológica. Por eso no importa la bandera que postule al candidato o candidata, siempre y cuando haya una buena campaña mercadológica que pueda presentarlo o presentarla como una buena mercancía. Aunque su emblema de hoy distinto al de ayer o al de hace tres años.

Una cosa es segura: en estas ideologías “líquidas”, una gran cantidad de candidatos a puestos de elección popular habrán pasado en alguna ocasión por las filas del PRI. Es cosa de revisar los linajes políticos o las hojas de vida de los que ya son candidatos y de los aspirantes a puestos de elección popular y se podrá encontrar que en algún momento tuvieron que ver con el otrora partidazo, en calidad de candidatos, funcionarios, dirigentes, “aspirinas” o fuerzas vivas. Y eso se debe a que durante siete décadas los interesados en participar en la vida pública y en detentar un cargo sabían que no había otro camino que el del priismo (además, en los libros de texto gratuito del régimen revolucionario era fácil identificar que todo el santoral cívico estaba identificado con el PRI, desde Quetzalcóatl hasta el presidente en turno, pasando por Hidalgo, Juárez y anexas).

Los que nacieron en pañales de un determinado color político, vivieron en ese color y perjuraron ser de ese color, ahora pueden estar en cualquier parte. Se llevan su ideología, si es que aún existe, a abanderar a sus acérrimos rivales. Transigen sin dificultad la frontera doctrinaria.

Me dirán que es su capacidad de reinventarse. O de enfrentar a un adversario común. El arriba firmante cree que la única ideología política visible es que se busca el poder o el dinero. O los dos.

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