Últimamente la pirotecnia tiene mala prensa. Y claro, con 13 fallecimientos en lo que va del año, es natural que se le vea mal. Además, con una fuerte corriente de opinión en pro del bienestar animal, los fuerte tronidos de los cohetones no les resultan simpáticos a los muchos activistas que tienen en su favor los seres sintientes.
Pero la pirotecnia resiste. En las fiestas patronales sigue siendo una pieza elemental, lo mismo que en la festividades patrias. Aunque ya no en la misma medida que en el pasado, donde se medía la devoción por un santo o una advocación mariana en particular, por la cantidad de gruesas de cohetones que se lanzaban alegremente al aire, acompañadas de repiques a rabiar en las iglesias.
Aunque eso sigue ocurriendo en muchos pueblos desperdigados por la ancha y larga geografía de la república mexicana, las gruesas pasaron a ser docenas en el más temerario de los casos. En las festividades se prefiere ahora que los cohetes lancen más luces que sonidos, a fin de no molestar demasiado a quienes tienen el sentido del oído muy aguzado, incluyendo al Firulais o al Solovino.
Además, con mayor frecuencia de la que uno quisiera, ocurren accidentes gravísimos como el del pasado fin de semana en Santa María Canchesdá, municipio de Temascalcingo, en el que la recuento oficial hasta el momento de redactar esta media plana indica 11 personas muertas.
Desde luego, se culpa a la pirotecnia. Al uso de la pólvora en estas festividades populares. A los excesos y a la falta de precaución. También a la falta de conocimiento, porque en una sociedad urbanita como la que tenemos —79 de cada 100 mexiquenses viven en ciudades—, la tradición oral y el conocimiento práctico se fragmentó, a grado tal que no se comprende del todo la peligrosidad ni las buenas prácticas de manejo de los artificios pirotécnicos.
Y tampoco tenemos una instancia gubernamental activa y proactiva en estos menesteres. Porque existe el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia desde hace al menos un par de décadas, pero con el pobre argumento de que no tiene “facultades”, escurre el bulto para hacer frente a tareas que no son de regulación sino de prevención. Es verdad que no es la instancia para otorgar permisos para fabricar pirotecnia en cualquiera de sus modalidades, pero sí debiera dar estar involucrada en la capacitación para prevenir que los accidentes ocurran, porque nadie —o casi nadie— pide permiso para echar unos cohetones al aire en la festividad de San Cuilmas El Petatero o en la de la Virgen del Buen Suceso.
Efectivamente, el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia no tiene facultades pero tampoco muestra interés en que las celebraciones patronales, que de forma casi irremediable conllevan el uso de pirotecnia, se den de forma segura.
Ah, y dirán que eso es cosa de Protección Civil. Que el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia se dedica al fomento y que sí capacita a los productores, que dicho sea de paso saben más que los funcionarios. Y solo restará decir que el citado instituto se ha convertido en un elefante blanco que ni picha ni cacha ni deja batear. No ayuda ni estorba sino todo lo contrario. Y le cuesta al erario público por no hacer nada.
