A esta mitad de semana uno de los asuntos noticiosos es la incidencia de embarazos no deseados en adolescentes en lo que México ocupa el primer lugar de los países que forman la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos.
Las mujeres de 19 años o menos que tienen relaciones sexuales no quieren embarazarse, pero seis de cada diez no están usando métodos anticonceptivos como forma de prevención. Sus razones es que desconfían de la eficacia de los procedimientos; les incomoda su uso o sus creencias religiosas les provocan aflicción.
Ante este panorama, la relación sexual en jovencitas parece redundar en aquello de «ojalá que no me embarace», «si pasa, ya se vemos qué hacer» o «me gusta tener relaciones pero me hace sentir mal emocionalmente». Es decir, tiene lugar más bien una cuestión de responsabilidad y no solo de los implicados directamente en un acto sexual sino de padres de familia, sociedad e iglesias.
La sola prohibición no está dando resultados lo mismo que el uso de los variados métodos de anticoncepción ya sea través de la vagina, mediante ingesta, pegado al exterior del cuerpo o con inyecciones.
Las consecuencias de un embarazo no deseado en adolescentes es un problema de salud pública y como tal, de enfrentar responsabilidades, suposiciones y creencias.