Enciendan los semáforos

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Ustedes disculpen, mis estimados y fieles cuatro lectores, la insulsa duda que acomete al arriba firmante: ¿es muy difícil reparar un semáforo averiado?, ¿se necesita de alguna ciencia especial o de algún conocimiento elevado, extraordinario o eminente para llevar a cabo esa tarea?, ¿hay escasez de especialistas o peritos en componer semáforos?

Las dudas me asaltan —eso de la inseguridad está por todos lados— desde la semana pasada.

Varios semáforos de cruceros concurridos en la insigne capirucha del estado de México, la ciudad de Toluca, se apagaron así como de motu propio y hasta el momento de redactar este espacio nomás no daban señales de vida. Condenados.

Es el caso del crucero de Paseo Colón y Paseo Tollocan, por más señas a una cuadra de donde vive el gobernador Alfredo del Mazo Maza. En el mismo supuesto está el semáforo de bulevar Alfredo del Mazo e Industria Automotriz. Y el de Paseo Tollocan e Ignacio Comonfort/Alberto Einstein.

El milagro de que vuelvan a encenderse para cumplir su función de regular el tránsito no se produce. Sigue sin concederlo San Cuilmas El Petatero, santo al que el arriba firmante le tiene especial fervor y al que —de hinojos y con pencas de nopal en las rodillas—, le ha rogado mucho para que le conceda que vuelvan a encender las señales de tránsito de marras.

Más allá de la petición del prodigio divino, en este valle de lágrimas no parecen tener interés en el asunto la Secretaría de Seguridad estatal —en la que trabaja de secretario Rodrigo Martínez-Celis— ni el hache ayuntamiento de Toluca —en el que despacha de alcalde Juan Rodolfo Sánchez—.

La cosa es fracamente penosa. Uno ve las visicitudes de los automovilistas. También el desdén, por un lado, de San Cuilmas, o su frialdad para interceder ante el altísimo. La indiferencia, apatía e indolencia. Y lo desentendidos y displicentes que están los funcionarios terrenales. Estos últimos, semejantes al santo, se hacen los que la virgen les habla, como si estuvieran en estado místico. En la condición del éxtasis mayestático que les dan sus cargos: levitando, sin merecer el suelo que pisan, y en franco desaire de las responsabilidades que están asociadas al encargo que detentan.

Ahora bien, si lo que efectivamente se necesita es de alguna ciencia muy especializada, ya hablamos de otro escenario. El de la ineptitud. Que se resuelve encargándole el asunto a alguien que tenga los conocimientos necesarios para hacer frente a la extraordinaria e insólita labor de prender un semáforo. Entre los 16 millones de mexiquenses que somos, según el Inegi —18 millones, según las cuentas del gobierno estatal—, debe haber alguno que sepa poner un diablito, cambiar un foco, “puentear” un circuito o que pueda seguir con precisión un tutorial de YouTube o de WikiHow.

Si el intríngulis está más allá de lo terreno, ya mero viene la fiesta de San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas. Oremos.

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