Qué sea lo que Dios quiera: resulta, mis estimados cuatro lectores, que el insigne senador de la república Gerardo Fernández Noroña se volvió a meter en el berenjenal. Nada extraño para un personaje como él, que ha vivido los años más recientes de su vida pública de escándalo en escándalo… porque sí o porque no, pero dando de qué hablar.
Y el arriba firmante no lo juzga: a fin de cuentas, eso le ha servido para forjar una carrera que ha llevado a los plebeyos —Noroña dixit— a la presidencia de la Cámara de Senadores. Hoy porque vuela en primera clase, ayer porque lo increparon en algún aeropuerto y antier porque reclamó que no le dieran una responsabilidad en la campaña morenista después de haber sido una de las “corcholatas”. El caso es que la polémica lo rodea.
Acá en estos lares toluqueños lo recordamos porque alguna vez en la década de los ochentas detentó la dirigencia del Partido de la Revolución Democrática y ya desde entonces tenía esa oratoria incandescente y apasionada que nos muestra en cada oportunidad posible. En aquellos años no sé que conflicto hubo con una camioneta propiedad del partido del sol azteca, de la que ya nadie recuerda detalles, pero marcó una discusión de polendas entre los dirigentes perredistas aunque no se inscribió en el libro de debates y hoy está completamente olvidado. O eso parece.
Lo más reciente controversia del senador Fernández Noroña tiene que ver con un viaje a Francia, en el que facturó en “bisnes” o primera clase del avión que lo condujo a tierras galas. Y como nunca falta, hubo video, fotos o las dos cosas, que lo colocaron en la mira de sus nutridos y numerosos detractores. Él, fiel a su costumbre, contraatacó. Algo sobre que sí se deben conocer o no los gastos de los viajes al extranjero de los legisladores y que sí se deben hacer públicos o no los viáticos.
Pesos más pesos menos, las disputas siempre persiguen a Gerardo Fernández Noroña en los aviones. Sobre todo porque se le cuestiona que mientras hay una doctrina de austeridad, también hay derroche.
Al final, el asunto pasará a ser otra más de la anécdotas de la clase política nacional que desde tiempos inmemoriales se sirve con la cuchara grande cada que puede. Y le carga al erario lujos y secretos. Nada nuevo, solo las caras y a veces ni eso.
Y este asunto en lo particular viene a colación porque es probable que si alguien pide mediante una solicitud de transparencia los detalles del viaje de marras, reciba cono respuesta un palmo de narices… porque el Instituto Nacional de Transparencia pasó a mejor vida. Gracias, por cierto a los excesos de sus altos funcionarios, comisionados y comisionadas, que mientras pudieron disfrutar de espacios de la “burocracia dorada” pagaron hasta las teiboleras con cargo al erario.
Por eso digo, en materia de austeridad, transparencia, rendición de cuentas y anexas, la norma oficial debe ser aquella de “hágase la voluntad de Dios, en los bueyes de mi compadre”.