Libertad de prensa, periodismo y responsabilidad social

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Los antiguos griegos pensaban en lo público como un espacio abierto y accesible, sin poder centralizador ni sujeción a ningún gobierno, capaz de rivalizar mediante la palabra, en igualdad de condiciones, en un diálogo entre pares, aunque con ciertos límites.

Palabras y hechos, eran el eje sustantivo de la esfera pública. La polis no era la ciudad como tal, sino sus habitantes. Pero no bastaba con el discurso, había que compartir palabras y hechos para trascender y formar parte realmente de la cosa pública.

Se trata de un primigenio concepto de la libertad de expresión, aunque esta idea se concibió como la conocemos de los ingleses y los franceses.

De hecho, los antiguos griegos pensaban que la sociedad de masas, tal y como la conocemos en la actualidad, le da más peso al individuo y, por lo tanto, hace a un lado la práctica de compartir palabras y hechos.

Hablar y actuar ante la sociedad era la esencia de la cosas públicas. La mayoría de los seres humanos es capaz de hablar y hacer, sólo la aparición ante todos de la acción y la palabra significaba vivir en una polis, en una sociedad.

Rara vez nos hacemos esta pregunta, pero en este contexto en el que la libertad de expresión requiere un foro, ¿para qué sirve el periodismo a la sociedad?

Damos por hecho que conocemos la respuesta. O que todos tenemos una idea semejante.

Si digo que el propósito primario del periodismo es proveer a los ciudadanos de la información que ellos necesitan para ser libres y autónomos, tal vez algunos de ustedes podría estar de acuerdo.

El periodismo es el contenido, el periodismo es el servicio, el periodismo es la plataforma. Temas que nos planteamos hoy en día, cuando el crecimiento de la internet, del concepto de periodismo ciudadano y la democratización de las herramientas para hacer productos periodísticos, pueden hacer que nos cuestionemos sobre la información que consumimos y a la que accedemos.

Este mundo de prosumidores el periodista ya no decide que debe presentar a su audiencia. Los usuarios, audiencia, comunidad o el nuevo término que esté por acuñarse, deciden qué información consumir y dónde. Hoy que los ciudadanos se pueden comunicar entre sí, sin un intermediario —sin un medio de comunicación de por medio—, millones son capaces de producir contenidos que pueder alcanzar la categoría de accidentes periodísticos, incluso, obtener las habilidades y conocimientos para generar periodismo.

Vivimos una época de transformación. En la que es elemental comprender que libertad de expresión ha cambiado. Que las masas se atomizaron. Que medios y periodistas enfrentan cambios un día sí y otro también por factores como la globalización —el periodismo ya no tiene fronteras—, las alianzas empresariales —Disney-Fox, vg— y el divorcio de algunas empresas periodísticas de su responsabilidad cívica —Buzz Feed—.

El panorama es retador. Y la pregunta subsiste: ¿Para qué sirve el periodismo y su responsabilidad social?

Creo que el periodismo sirve para construir comunidad, crear ciudadanía y construir nuestra democracia.

Para ello, el punto de partida, el primer deber de los periodistas, es la verdad.

Esta afirmación no forma parte de ningún libro de ética ni de un manual de estilo, se trata de uno de los principios esenciales del periodismo.

Dicen Bill Kovach y Tom Rosenstiel, en Los elementos del periodismo, que además de apegarse a la verdad, la primera lealtad del periodista es con los ciudadanos.

Pero contar la verdad y ser leal con la gente puede llegar a ser complicado en el entorno en el que se desarrollan el periodismo y los medios de comunicación, sujetos a presiones de variada naturaleza y orígenes, además de las distintas formas de entender la realidad.

Tan distintas, que pueden ser hasta siete mil millones. Una realidad por cada uno de los seres humanos que habitamos este planeta.

Por eso es piedra angular de la libertad de expresión que se practique a partir de valores como la verdad, libertad, justicia, respeto, tolerancia, responsabilidad, amor, bondad, honradez, confianza, valentía, paz, amistad, fraternidad y honor, que permiten establecer un punto de partida común.

El mayor capital del periodista y de un medio de comunicación es su confiabilidad o credibilidad. Incluso en esta época en la que lo que predomina es la velocidad para presentar la información. En esta época en la que algunos creen que las métricas —visitas o accesos, alcance, frecuencia— lo son todo y llevan a hacer de todo para tener mejores números, incluyendo excesos en la ibertad de expresión, como los titulares sensacionalistas.

Hoy aquí hablamos de libertad de expresión y responsabilidad social. Ambas comienzan con la libertad y la responsabilidad personal. La libertad de expresarse no sólo es la posibilidad independiente de decir lo que se piensa, sino también ejercer la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio y sin importar las fronteras.

Es una de las bases de nuestro sistema democrático, que se construye desde lo personal hacia lo social.

Pero la libertad de expresión no se comporta como se conduce una formula química, en la que, por ejemplo, dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno generan agua de manera indubitable e ineludible.

La libertad y la verdad van de la mano.

La verdad en el ejercicio periodístico puede variar de un día al siguiente.

Una anécdota muy conocida en la prensa estadunidense se refiere a la visita del entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, a Vietnam a principios de la década de los sesentas. El político estadunidense ofreció conferencias de prensas sobre el estado de la guerra de Vietnam, y ahí aseguró que Estados Unidos ganaba la guerra. Así lo informaron los periodistas en aquel 1963. Pero ocho años más tarde, documentos clasificados de la visita de McNamara a Vietnam se hicieron públicos y la visión que presentaron era completamente distinta a sus afirmaciones. La prensa reportó puntualmente las declaraciones del secretario de Defensa, pero no eran la verdad de lo que el funcionario había visto y conocía.

¿Faltaron a la verdad los periodistas? No. Y sí.

La libertad de expresión no varía, pero sí es posible enmendar, corregir o profundizar.

De ahí que empatar la libertad de expresión con la responsabilidad social requiere de varias condiciones.

La primera es, sin duda, la independencia. El periodista libre e independiente comprende y acepta que su principal compromiso es con la verdad y en segundo lugar con su audiencia, que le reconoce credibilidad al periodista en la medida en que de modo constante ofrece una información confiable, como resultado de un proceso investigativo metódico. Y en ese sentido, la existencia de una voluntad de servicio que descarta la tendencia a usar la información como poder o al servicio de un poder o de ciertos intereses garantiza la independencia.

La segunda es la del conocimiento profundo de su profesión, de sus requerimientos técnicos y tecnológicos, de sus fuentes de información y de los temas acerca de los que le corresponde informar. El escrupuloso deber de la precisión, la verificación y la exactitud permiten comunicar con veracidad.

La tercera es la honestidad. Porque cabe la posibilidad de que se cumpla con el ejercicio ético, se realice el trabajo con independencia, se tengan los conocimientos necesarios, pero se puede dar el caso de haber considerado como verdadero algo que no lo es. O que hagan falta elementos en torno a un hecho cierto. Y la honestidad permite hacer la inmediata rectificación, para poner a la audiencia en poder de la información completa y apegada a la verdad.

La cuarta condición es el lenguaje, mediante el cual se elabora el mensaje. Las posibilidades de mal uso, tergiversaciones o matices pueden influir en la comprensión de la verdad. Por ello, “el lenguaje del informador debe amoldarse a las pautas expresivas del entorno con el cual se comunica para que no se den problemas de comprensión de la realidad objetiva”.

La quinta condición es reconocer que la verdad no puede ser sustituida por otros conceptos sugeridos por algunos periodistas: la verdad no es justicia ni rectitud. Tampoco es imparcialidad o equilibrio. “La justicia es más abstracta y subjetiva que que la verdad… Y el equilibrio también es subjetivo: en muchas historias hay más de dos lados, ¿cómo se puede determinar de qué lado inclinarse? Al final, el equilibrio se puede convertir en distorsión”, señalan Kovach y Rosenstiel.

Estas condiciones: independencia, conocimiento, honestidad, lenguaje claro, rechazar ideas falaces, verificar, hacen diferente al periodista del accidente periodístico.

Y algo más lo hace diferente en el entorno actual: el periodista capitaliza los beneficios de actual ecosistema mediático y las nuevas formas de consumo de contenidos, entiende que las audiencias se apropiaron de lo que antes era exclusivo del periodista. Que hoy tiene que competir mejor.

¿Cómo? Haciendo periodismo. Cuanto más provechoso y útil sea para la comunidad el periodismo y los servicios que presta, más valioso será. Los antiguos griegos decían, para resaltar la importancia de la acción de comunicar: allá donde vayas, serás una polis.

Las empresas de Sillicon Valley tienen un dogma con el que concluyo: empieza siendo útil y el valor vendrá a continuación. Si hacemos periodismo útil, la sociedad le dara su justo valor.

*Ponencia presentada en el Conservatorio sobre Periodismo celebrado en la Universidad Autónoma del Estado de México.

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