Ni la o por lo redondo

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Los que hacen los calendarios escolares de la Secretaría de Educación Pública deberían estar quemándose en el fuego del infierno.

¿Qué es eso de asegurar que hay 185, 195 o 200 días efectivos de clases, cuando un mes antes de que lleguen las vacaciones ya los chamacos se dedican concienzudamente a explorarse la nariz y los profesores no saben qué hacer para entretener a sus alumnos?

En el mejor de los casos, las escuelas que optaron por el calendario de 185 días terminaron clases esta semana.

Pero en las que se decidieron por los calendarios de 195 o 200 días, hay un sufrimiento generalizado. Los padres de familia ya saben que sus hijos se están haciendo guajes desde la semana pasada. Los estudiantes se emplean a fondo en el difícil arte de hacer como que ignoran que sus calificaciones finales ya están perfectamente asentadas. Los profesores —plural que se refiere a mujeres y varones dedicados a la docencia en educación básica, para que nadie acuse al arriba firmante de eso del uso del lenguaje sexista— saben que el ciclo escolar vive horas extras completamente innecesarias, porque todo lo que había por hacer en el programa de estudios ya se cumplió.

Tú le preguntas a un niño cualquiera qué hizo hoy en la escuela y en ocho de cada 10 casos dirá “jugar”. Los otros dos mentirán descaradamente diciendo que repasaron las multiplicaciones con punto decimal, o algo semejante.

En un pasado no muy lejano, las clases empezaban en septiembre y terminaban a finales de junio. Ahora, empiezan en agosto y terminan a mediados de julio. No discutiré aquí los resultados de la modificación, pero hasta ahora no se ha hecho visible que los estudiantes mexicanos salgan hechos unas lumbreras o que los días de clases adicionales hayan servido para que el nivel de conocimiento de la niñez mexicana se encuentre en los primeros lugares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Por el contrario, en las pruebas PISA,  similares y conexos, acumulamos 15 años en los nada honrosos últimos lugares. Somos la vergüenza de la OCDE, con unas orejas de burro así de grandes.

No voy a decir que los estudiantes del pasado salíamos mejor preparados con menos días en la escuela, porque los burros siempre han pisado las aulas, pero más días de clases, siguen sin dar resultados. Ahora, hasta hay reglas para que los niños no reprueben, aunque no sepan ni la o por lo redondo… No sea que se les vaya a generar un trauma de por vida.

A las supremas inteligencias que alargaron el calendario escolar había que pedirles que inventaran también un programa de actividades, con cronograma incluido, para que los maestros no tengan que recurrir a la clásica “mañana deportiva” o el repaso general. O a poner a sus alumnos en el predicamento de pasar a contar un chiste o cantar una canción, cuando los pobres chamacos los únicos chistes que conocen son las rutinas de standuperos —espero que así se escriba y se entienda— que dicen una palabra por cada cinco maldiciones. O a jugar, descaradamente.

Dicen que el año próximo las cosas van a cambiar. Pero sólo un poco: nada de tres calendarios, para que cada escuela escoja el que se le venga en gana. Nada de consejos técnicos. Pero como ya desde ahorita están diciendo que habrá 190 días efectivos de clases, auguro que el año entrante por estas fechas se repetirá la historia.

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