No los ven y menos los oyen (por el ruido)

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Los vecinos de la colonia Residencial Colón y Ciprés, cercanos a la avenida Venustiano Carranza, no pueden dormir bien. Desde hace muchas semanas.

No son las preocupaciones ni la crisis sanitaria o económica lo que les impide conciliar el sueño. La vigilia a la que están sometidos tampoco tiene razones sociales. Mucho menos religiosas. Se desvelena porque no los dejan dormir.

Es el ruido. Los altos decibeles que se esparcen desde los establecimientos de venta de alimentos y bebidas que operan en la zona.

Los vecinos de esta zona comercial, de restaurantes y antros, han denunciado hasta el cansancio que muchos de estos establecimientos operan sin el menor respeto hacia los habitantes de esta zona residencial. Y sus quejas han caído en saco roto: ni el gobierno municipal de Toluca ni sus ediles, ni el Instituto de Verificación Administrativa del Estado de México, han atendido las quejas reiteradas.

El ruido no es cualquier cosa. Sus consecuencias sobre la salud humana son bien conocidas desde el año de gracia de 1972, cuando la Organización Mundial de la Salud decidió catalogarlo genéricamente como un tipo más de contaminación. Los altos niveles de ruido son considerados potencialmente nocivos para el aparato auditivo y también para el bienestar psíquico.

Desde octubre de 2019 está vigente ua norma en Touca que limita el volumen de la música y, por lo tanto, del ruido que se esparce en actividades económicas y sociales. El nivel más alto permito en zonas comerciales es de 68 decibeles en un horario de 6 de la mañana y a 10 de la noche y se reduce a 65 decibeles de 10 de la noche a 6 de la mañana.

Las instancia encargadas de cumplir y hacer cumplir estos niveles y la norma establecida en el Bando Municipal son las Direcciones Generales de Desarrollo Económico y Medio Ambiente del ayuntamiento de Toluca. Pero han pasado de noche. Cada semana las quejas se reproducen y cada semana, paradójicamente, en las instancias gubernamentales se hacen oídos sordos.

La exposición continua al ruido a más de 60 decibeles —según un estudio del Centro Provincial de Información de Ciencias Médicas de Matanzaz, Cuba—, pueden “provocar dilatación de las pupilas y parpadeo acelerado. Agitación respiratoria, aceleración del pulso y taquicardias. Aumento de la presión arterial y dolor de cabeza. Menor irrigación sanguínea y mayor actividad muscular. Los músculos se ponen tensos y dolorosos, sobre todo los del cuello y espalda”. Y el ruido de una pista de baile o de un antro o de una vivienda muy próxima un establecimiento de este tipo puede alcanzar o rebasar los 100 decibeles.

El ruido produce irritación, cansancio, menor rendimiento laboral, estrés, irritabilidad, agresividad, dolor de cabeza, problemas estomacales, alteración de la presión arterial y del ritmo cardíaco, depresión, entre otros.

En el caso que ocupa el arriba firmante, nadie obliga a los establecimientos a tener instalaciones que reduzcan la música y el ruido o lo contengan entre sus cuatro paredes. A los vecinos de la zona de Residencial Colón ni los ven ni los oyen: se la pasan clamando en el desierto.

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