Patriótico

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En estos días nos bulle por la cabeza y el corazón —es una metáfora, desde luego— el sentimiento patriótico del mexicano promedio.

Nos causa sentimiento ver la iluminación verde, blanca y colorada de las calles, nos llena de orgullo ver docenas de banderas en las aceras, las casas y en los automóviles, nos hierve la sangre al escuchar el Himno Nacional Mexicano, nos sentimos uno con el resto del pueblo de México al mencionar un nuevo aniversario de la Independencia y así vamos por la vida, patrioteros, como todos los años.

Pero a menos de que aparezca en algún programa de televisión o radio, o que sea parte de la escenografía de una fiesta aderezada con vitamina te, ya nadie escucha música ranchera.

En cambio, todos vamos por la vida con el feis y el chuirer —como se empeñan en pronunciar algunos—, y el instagram y el snapchat, y esas cosas del demonio que ocupan el tiempo del mexicano promedio, además de que nos henchimos de orgullo cuando pronunciamos con absoluta corrección el nombre —en inglés, por supuesto— de la canción de moda del artista en turno.

Así que solamente con unos güisquis encima —hasta eso, también con tequila y el no menos sabroso mezcal— nos recordamos de la música vernácula y sus sensacionales intérpretes de hoy y de ayer.

Pero lo que es el resto del año, ni quien traiga en sus reproductores musicales o en sus teléfonos inteligentes —más que algunos de sus propietarios— alguna pieza o melodía que se arranque con un guitarrón, vigüela, violines y trompetas. Ni hablar, cosas de la modernidad.

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