Que se sientan apapachados

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Desde tiempos inmemoriales, la policía aparece en los últimos lugares de la confianza de la gente común y corriente. Los diputados siempre les han disputado este puesto a los policías, de modo que para darle gusto a ambos colectivos, los buenos encuestadores les dan el último lugar de forma alternada, porque no se sabe qué podría ocurrir en una pugna entre ambos grupos de confianza tan dudosa.

En el caso de los policías —es un misterio porque eso no ocurre en el caso de los diputados— siempre se han hecho esfuerzos desde las más altas esferas gubernamentales para que recuperen la confianza de la sociedad. Pero la sociedad, veleidosa como es, siempre y firmemente responde que nel. Por el contrario, le endilga a estos servidores público epítetos impronunciables… y calificativos como el de cuico, gendarme, azul, tamarindo, pitufo, chota, tira, mordelón, tecolote y otras variadas denominaciones. Mientras que las campañas gubernamentales quieren que los policías sean vistos como ciudadanos vestidos de uniforme, frase muy bonita que pretende que uno se acuerde de que el policía es cualquier hijo de vecino.

Para el infortunio de los policías, estás campañas han servido para maldita la cosa. Siguen siendo vilipendiados.

Les han cambiado el uniforme —particularmente recuerdo que una vez en el estado de México les dieron uno de color verde perico que hería las pupilas—. Le han cambiado de nombre a las instituciones policiacas. Les han capacitados expertos mexicanos, estadunidenses, chilenos, colombianos, canadienses, ingleses y un largo etcétera. Les han obligado a servir de meseros. Y docenas de experiencias traumáticas más, cuyos resultados han sido nulos.

Los más reciente que ocurre por estos lares es que a los policías de Toluca les van a regalar una tarjeta mediante la cual van a poder comprar chuchulucos —es un decir, no se ofendan las buenas conciencias— a precio de ganga.

Uno de los dos organismos cúpula de la iniciativa privada del estado de México decidió poner en operación una tarjeta mediante la que 250 negocios de la capirucha mexiquense —léase, Toluca de Lerdo— le darán descuentos a policías y bomberos en sus productos o servicios. La intención es que los policías se sientan apapachados y queridos, y que le pongan empeño a su trabajo porque la ciudad para la que laboran se los reconoce.

Ignoro el resultado de la campaña. En mi fuero interno deseo que los policías se la rifen… nomás que no sé si cuando lo hagan estarán pensando en el 30 por ciento de descuento que se llevaron al comprar en alguno los establecimientos de las familias comerciantes de Toluca —pongan aquí, mis cuatro lectores, el apellido que se les venga en mente— o en el chesco que les regalaron para calmar la sed. No lo sé. Ojalá que así fuera.

Mejor sería que leyeran de vez en cuando a mi vecino de páginas, Arturo Huicochea, que en los últimos días ha dado muchas señales de qué hacer y cómo para tener una policía efectiva.

También sé es que por esto ya pasamos. O por algo semejante. Imposible negar que en estas ideas para redimir a los policías me domina el escepticismo, por aquello de que el jumento no era arisco…

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