Se le desgrana la mazorca

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Carlos Urzua dijo “¡ai nos vidrios!” y los mercados cambiario y de valores —esos entes que manejan las endemoniadas fuerzas del mercado— dijeron “quítate que ai te voy”.

Carlos Manuel Urzúa Macías fue hasta el medio día del martes el secretario de Hacienda y Crédito Público. Pero decidió poner distancia entre él y la cuarta transformación que encabeza el presidente López Obrador. Es decir, presentó su renuncia y puso pies en polvorosa. Se juyó.

En su carta de renuncia, Urzúa asegura que “se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento” y que le resultó “inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública”. Los que saben dice que Urzúa tuvo serias diferencias con Alfonso Romo, el jefe de la Oficina de la Presidencia. El arriba firmante, que no tiene ni la más remota idea de cómo se maneja el gobierno federal —el gobierno federal tampoco tiene idea—, le cree por completo al hoy exsecretario de Hacienda. Al que por lo visto le dieron una sopa de su propio chocolate, porque hace un mes que Germán Martínez renuciaba a lña dirección general del Instituto Mexicano de Seguro Social lo hacía casi con los mismos argumentos: la “intromisión perniciosa” de la Secretaría de Hacienda en el Seguro Social.

Pero lo trascendente del asunto es que al presidente López Obrador se le desgrana la mazorca.

A un año de que fue elegido presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y a siete meses de gobierno, ya se le fueron una decena de funcionarios de primer nivel: dos secretarios, dos subsecretarios, un director general de un organismo del gabinete ampliado, otro director general de un instituo nacional, una directora de un programa social, y cuatro consejeros o comisionados de organismos de alto nivel —algunos de ellos nombrados durante la pasada administración—. Sin contar los despidos de funcionarios que son noticia cada día, desde el primero de diciembre.

Ya eramos muchos y parió la abuela. Aunque al presidente López Obrador no le hace mella nada —ya saben que en su caso funciona aquello de que “a chillidos de marrano, oídos de carnicero”—. De inmediato, sin pensarlo demasiado, nombró a un nuevo secretario de Hacienda y Crédito Público. Cuánto dure en el encargo ya es harina de otro costal.

Lo que es notable es que al interior del gobierno federal hay una disputa de muy padre y señor mío. Es como una competencia por ver quién tiene más peso en la opinión y decisión del preciso. Y también de meterse en camisa de once varas.

Mientras tanto, se queda en el imaginario la idea de que la actual administración pública federal es un carnaval, por la cantidad de conflictos abiertos. A un paso trepidante, este sexenio amenaza con convertirse en un escándalo y conflicto permanente, porque no nos reponemos de un susto cuando ya estamos en otro.

Me dirán que así es el estilo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Que no pasa nada. Pero en un país donde las renuncias de funcionarios públicos casi siempre fueron porque habían regado el tepache, las recriminaciones implícitas en las renuncias pintan a un gobierno arbitrario y confuso. Por decir lo menos.

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