Buenos y malos

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No. Esto no se trata de chairos y fifis. Tampoco de liberales y conservadores. Sigan adelante, si esperaban algo sobre eso.

Esto se trata del mantra tan bonito que han creído muchos políticos. Aquello de que “comunicar es gobernar”. Sí, comunicar es parte del ejercicio del gobierno, pero la administración pública es la ejecución de acciones y hacer eficiente y funcional el aparato que se encuentra bajo sus órdenes.

También se trata de aquello que dice que la política es el arte de resolver conflictos.

El cómico estadunidense Groucho Marx acuñó la frase que a la letra dice: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Hay muchos políticos que, sin saberlo, siguen al pie de la letra el citado epigrama de Marx —Groucho, no confundir con Karl—.

Tenemos políticos magníficos, ¡chulada! Dan unos discursos fenomenales. Uno los escucha y se queda anonadado con la capacidad que tienen para hilar ideas, expresar frases monumentales y contundentes. Se trata, en muchos casos, de oradores consumados. Además, tienen esa capacidad, tan suya de ellos, de convencer a los ciudadanos de que hay que votar por ellos, puesto que “saben cómo hacerlo” —Zedillo dixit— y aseguran que conocen las recetas para gobernar.

En realidad muchos de ellos son especialistas en dar “atole con el dedo” de una forma tan elegante que cualquier hijo de vecino se queda convencido de que le han hecho un enorme bien al dorarle la píldora con retruécanos verbales, gesticulaciones y cicateras palmaditas en la espalda.

Además, aliados de algunos expertos en marketing, descubrieron que entre más bonito hablaran, más cacarearan sus pingües resultados y mejor se comunicaran con sus gobernados, más populares serían. Aunque sus resultados fueran menos que  pocos. Aquello de que comunicar es gobernar. Al grado de que nuestros políticos suelen tener otros datos o dicen medias verdades con las que intentan esconder la verdad. Porque esa capacidad de persuasión no es directamente proporcional a su capacidad de administrar la cosa pública.

Ahora que vivimos la temporada de lluvias e inundaciones, se muestra en toda su ignominia que por mucho que comuniquen, si no ejercen las tareas que les corresponden en la administración pública, la realidad los alcanza de la peor manera. No son las lluvias atípicas. Tampoco que llovió a cántaros. Es falta de acción y previsión. Incumplimiento de sus responsabilidades.

Los discursos no tapan baches. Tampoco disponen de la basura. Y no sirven a la hora de administrar los dineros y recursos de que disponen los gobiernos.

Hay funcionarios muy buenos como políticos y malos como administradores públicos. Tan esa así, que luego no les alcanza la planeación de la marmaja ni para pagar la gasolina —ni hablar de los salarios—. Lo mismo chairos que fifís. O fifís disfrazados de chairos. Y del color que sea.

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