¿Vamos a Tabasco?

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¡Vamos a Tabasco, que Tabasco es un edén! Eso dice una canción popular. Que ignoro por completo quien convirtió en un éxito, así como ignoro quien la habrá compuesto —no me costaría nada googlearla, pero no se me pegó la gana—.

La versión generalmente aceptada es que Tabasco es un edén por la “exuberancia de su flora”, sus ríos, lagunas y lagos.

Aunque en estos días esa versión puede ser puesta en duda, porque una buena porción de Tabasco está debajo del agua y mucho me temo que cualquier mención acerca del “edén” sería objeto de una sonora rechifla o de alguna expresión altisonante que pudiera herir la susceptibilidad de los últimamente susceptibles mexicanos.

Al edén tabasqueño le llueve sobre mojado y tal expresión es literal. Hace medio año Tabasco era el epicentro de la pandemia de COVID-19, con casos que pululaban, hospitales completamente llenos y mientras el resto de México se enclaustraba, los tabasqueños andaban quitados de la pena contagiándose los unos a los otros.

Ahora que la pandemia había cedido, a los tabasqueños les cayeron unos aguaceros de muy padre y señor mío, se les vino encima el desquite de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) —recuérdese que tuvieron el “borrón y cuenta nueva” de sus deudas con la CFE— que abrió las compuertas de la presa Peñitas e inundó unos cuantos miles de casas.

De una forma u otra, el problema de las inundaciones se repite en Tabasco año con año. En las 13 ocasiones que fue gobernador Tomás Garrido Canabal, Tabasco se deben haber inundado el mismo número de veces. Cuando el veracruzano Heriberto Jara despachó como gobernador, se le inundó el estado. También se le inundó a Manuel Bartlett —el papá del actual director de la CFE—. Y a los casi mexiquenses Salvador Neme y Manuel Gurría.

En la historia reciente de Tabasco, Andrés Granier lleva sus hombros el baldón de haber sido gobernador mientras ocurrían “las peores inundaciones” de la historia del edén tabasqueño “al inundarse más del 60 por ciento del estado y el 80 por ciento de Villahermosa”, con un millón de damnificados.

La historia de Tabasco va de inundación en inundación. o se podría medir en inundaciones.

Ahora el presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, dice que la presente inundación se debe al mal manejo de las presas. Paradójicamente, el responsable de ese manejo es su gobierno. Y su partido, porque Morena gobierna en Tabasco. Y la izquierda mexicana lleva dos gobiernos en tierras tabasqueñas, de modo que el sobado argumento de responsabilizar a sus antecesores priistas o panistas nomás no tiene asideras. Menos si sabemos que el actual gobernador, Adán Augusto López, lleva dos años despachando en la Quinta Grijalva.

¿Vamos a Tabasco? Nel. Ni el preciso quiere ir. Los 180 mil damnificados por las inundaciones no están abandonados, pero tampoco la están pasando bien. Menos cuando se han enterado de que sus casas están bajo el agua para proteger a Villahermosa. Nadie es profeta en su tierra: ni el hecho de que el presidente sea originario de Tabasco ni que el director de la CFE tenga antecesores en ese estado han cambiado las cosas; el edén se sigue inundando.

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