Hace unos pocos días terminó la Olimpiada Nacional Conade 2025. El estado de México tuvo un papel positivo. Al corte del 15 de julio, acumuló 279 medallas, de las que 91 fueron oros, 93 platas y 95 bronces. El estado más poblado del país terminó en el cuarto lugar nacional, a partir del criterio que considera las medallas de primer lugar.
El líder del medallero de la Olimpiada Nacional fue Jalisco, que obtuvo 475 medallas de oro, 298 de plata y 289 de bronce. Mil 62 medallas en total, que si aritmética sigue funcionado —porque hay mentes en las que no funciona—, la cifra significa casi cuatro veces más preseas que las de la entidad mexiquense. Sin obviar que solo las medallas doradas de los jaliscienses son casi el doble del total de los mexiquenses.
El segundo lugar fue Nuevo León, que obtuvo 260 oros, 266 platas y 273 bronces; un total de 801. Y Baja California quedó en tercer sitio, con 163 oros, 164 platas y 167 bronces, para una suma de 498.
A partir de las cifras, es notorio que los programas deportivos de esas tres entidades tienen muchos y muy buenos resultados. Son programas exitosos y sólidos, porque entre Jalisco y Nuevo León se han disputados los primeros lugares en estas competencias atléticas nacionales por muchos años ya, mientras el Estado de México se ha quedado rezagado —basta ver la suma de medallas para darse cuenta—. Y si la entidad mexiquense quedó en cuatro sitio, fue porque tuvo más medallas de plata que Querétaro, que sumó un total de 287 preseas.
Seguro estoy que los deportistas mexiquenses que compitieron en Tlaxcala, Jalisco, Yucatán, Puebla y Colima —sedes de las competencias— dieron todo y dejaron alma, cuerpo y corazón en cada uno de los escenarios en los que le tocó desempeñarse.
También estoy seguro de que les faltó apoyo. Y también que se los quitaron.
Me explico. Hace unos días, padres de familia de badmintonistas denunciaron que les quitaron el lugar donde entrenan para privilegiar una competencia de una institución educativa y los mandaron a compartir “canchas” con otros atletas, con los riesgos para unos y otros. Al margen de la molestia de los paterfamilias, es evidente que falta organización y faltan planes de trabajo, que hay improvisación. Desde luego, eso tiene un costo en la preparación y los resultados.
Y lo peor: la familia de un atleta me contó que Conade le entregó al deportista dos cheques, como un apoyo o estímulo, me supongo. Y que los directivos —de su asociación o del deporte mexiquense— se los quitaron, con el argumento de que eran para pagar sus uniformes. Un vil robo, aparentemente de varios miles de pesos.
Además, que mientras los deportistas de otros estados acudieron con uniformes de marcas reconocidas, a los mexiquenses los mandaron a competir con equipos genéricos “casi transparentes”. Que mientras las delegaciones de otros estados llegaron a sus competencias hasta con una semana de anticipación, los mexiquenses llegaron, en el mejor de los casos, un día antes. Y puedo seguir, pero ya se me acabó el espacio.
En resumen: todo contra corriente. Superar los obstáculos de una competencia ya es una proeza, y los que ponen directivos y funcionarios es una mayor. Loa para los atletas. ¡Qué vergüenza de directivos y funcionarios!